Recordando a Cabrera Infante La orfandad de La Habana
Por Medardo Arias Satizábal*
Si
un escritor caribeño era candidato natural al Premio Nobel de literatura, cada año, ese carácter era
copado por el cubano Guillermo Cabrera Infante (Gibara, provincia de Oriente, 1941), quien falleciera en Londres al inicio
del pasado año, después de legarnos un mester de humor, poesía y extraordinaria narrativa en todas sus
obras.
Hijo de padre socialista, Cabrera Infante creció en una ciudad que
luego adoraría desde el recuerdo: La Habana; de ahí surgió su relato "Cine o sardina", según
el cual, cuando era un chiquillo, su madre le inquiría acerca de esos dos caminos, dada la pobreza en que vivían.
Si elegía "cine", no había sardina, y viceversa. Caín, como se le conoció en el medio
cultural, prefirió pasar parte de su infancia y adolescencia en la penumbra de los viejos teatros habaneros, aquellos
que todavía tenían pianista al pie del telón, para nutrirse con poderosas imágenes que fueron
luego explosivas temáticas de sus creaciones.
A través de la revista
PM (Primer Plano), dedicada al cine, y todavía como habitante de La Habana, fue con un camarógrafo hasta los
arroyos de la ciudad, para buscar lo que él denominaba el "lumpen gozoso", sin el cual, así lo afirmaba,
no existiría el mito de la música cubana en el mundo. Logró captar gentes acodadas en barras, bebiendo,
escenas de prostitución, cantos yorubas, es decir, La Habana de siempre, al inicio de una revolución que prometía
ya borrar toda muestra de religiosidad, errancia o fanatismo, distinta a la cartilla socialista. Esto le costó el exilio.
El gobierno de Cuba arremetió contra los babalaos habaneros, contra la santería,
y por ello debió rectificar su posición, así como sus ataques a la iglesia católica. Guillermo
Cabrera Infante retrató en su libro "Tres Tristes Tigres", esa noche habanera donde cantan Matamoros, Beny
Moré o Tito Gómez, y el amor es una desazón adentro de los barrios tristes, hecho letra de bolero.
Para rescatar de su extensa obra, "Vista del amanecer en el trópico", "Exorcismos
de estilo", "Mea Cuba" (selección de textos periodísticos), "Ella cantaba boleros",
"Puro humo", y por supuesto, "La Habana para un infante difunto"(1980), donde logró aprehender,
a la manera de un Proust criollo, el tiempo perdido, la memoria de la ciudad amada, la misma donde un día recorrió
el malecón en un pequeño carro convertible, viendo golpear las olas contra el acantilado.
Un infante difunto
"La Habana para
un infante difunto" fue un reclamo a dos pianos de su cubanidad, del país perdido, llanto, queja y reclamo otra
vez contra quienes jamás le permitieron volver a recorrer sus murallas, los soportales de la ciudad vieja, el Muelle
de la Luz, los viejos sitios hoy en ruinas, como el "Waikiki" o el "Buenavista Social Club", donde Beny
Moré se deslizaba como una pantera. Lugares como estos inspiraron la película de Wim Wenders.
Curiosamente, Caín falleció en el año en que el mundo celebró el jubileo Cervantino,
los 400 años de El Quijote, él que era un hijo legítimo de la la narrativa quijosteca, del humor, del
retruecano, y de la búsqueda incesante de la palabra acertada, del sustantivo más jugoso, del puente permanente,
a la manera de vasos comunicantes, entre el Español y el Inglés y sus múltiples sorpresas etimológicas.
"La música y el humor cubano son extraños", dijo alguna vez; a uno de
nuestros tambores más alegres, lo llamamos tumba"; la referencia apareció en el documental producido por
Andy García para homenajear a Cachao. Era un Cervantes cubano por cuyas venas corría sangre de siboneyes y naboríes,
un hombre del medioevo extraviado en Londres, fugitivo de su ínsula.
En
el trabajo de reconstruir la vida y el amor, la memoria juega un papel fundamental. Caín fue un ejemplo magnífico
de ello. Debió imaginar para vivir.
*Escritor colombiano