Por amor a Celia Cruz
Por
Medardo Arias Satizábal*
Alguna vez Gabriel García Márquez
afirmó que el Caribe seguramente empieza en las tierras ardientes de las plantaciones de banano en Colombia y termina
en el sur profundo de William Faulkner, donde los búhos suelen acompañar el rezongo de los banjos en los espirituales,
y acompañan los blues donde la lluvia asordina las cocinas y alguien se lamenta de amor.
Pero,
este concepto del Caribe cultural no se circunscribe a una región geográfica, sino que abarca un mundo a veces
desconocido, que puede tener asiento en Helsinki, en Anchorage o en Bombay; quizá lo que define una "Cultura Caribe"
es la predisposición sincera a cantar y bailar, con el sueño siempre puesto en un fondo de palmeras, como diría
Lara, "borrachas de sol". Esta imagen que podría ser un estereotipo es la que viaja bajo el sombrero de todos
los que aman la cercanía del mar, la ilusión del amor y una noche de boleros. Esa cima de la esperanza sí
es universal; todos alguna vez hemos querido amar y ser amados en un remolino que es al tiempo madero de nave que naufragó,
longina seductora, cual flor primaveral.
Celia Cruz, desde que era una muchacha,
nos trajo en su voz ese vaivén de hamaca, con el cual, así lo dice Papaíto, ni se sufre ni se llora;
ella electrizó a los bailadores, paralizó los corazones, eclipsó la luna gorda de La Habana, cuando salió
al frente de la Sonora Matancera allá a mediados de los 50, con los brazos enguantados en el centro
de un reflector y una reverberación en la cadera, cantando La Chambelona o el Canto a Yemayá.
Su voz se incorporó a la orquesta que había sido llamada en sus inicios "Tuna Liberal", como
otro instrumento, un metal fino que aplacaba las trompetas, inspiraba el piano de Lino Frías y atacaba
las maracas de Caíto, como si fuera otra semilla.
La voz de Celia, como
en la canción que ella misma interpretó, fue cristalina corriente cual una cascada, trinar de sinsontes en la
enramada y viajó hasta Norteamérica, para quedarse aquí hasta su momento final. Ella, la única,
pudo continuar sus glorias junto Johnny Pacheco, el Pete Conde Rodríguez, Willie
Colón, la Fania All Stars. Celia volvió a cantar en Nueva York su oración
al yerbero, al que trae yerba santa pa'la garganta, abrecaminos pa'tu destino, la ruda pa'l que estornuda, albahaca
pa' la gente flaca, el apazote para los brotes, el vetiver, pa'l que lo vé; en ese canto ella condensó
la liturgia del Osaín, aquel botánico que describe Lydia Cabrera en su denso ensayo sobre la cultura Abakua,
"El Monte", donde entendemos hasta dónde se perpetuaron en América las logias Orishas, la sabiduría
milenaria del Panteón Yoruba.
Celia representó para todos nosotros un emblema del
mestizaje, ese cruce de ríos donde se encontraron los santeros con los jinetes mambises, el caballo de Martí
que pastaba flores de esperanza con los siboneyes que Giussepe Pigaffeta vio desde la proa de su nao cuando fumaban en la
costa sus tabacos enormes, los mismos que Colón describió como "gente lampiña con piel de canario".
Tengo en la memoria muchos pregones que vienen de su voz; el besito de coco y la bemba colorá, todo al tiempo,
para que duda no quede de lo que el tiempo teje en su rueca pasionaria. He visto a Eduardo Márceles Daconte bailando
Quimbo Quimbumbia o la Serenata Guajira, y entiendo entonces sus razones para escribir esta biografía que está
más allá del ejercício del letrado: más que ello, es un compromiso con su tiempo y con su propia
historia, un legado de amor por ese Caribe que para él empezó en Aracataca y continuó en Loisaida, en
el Queens profundo donde todos, en el templo de Celia, somos una sola patria.
"Azúcar"
es un pedido del corazón, un tratado de fe en la amistad, en la solidaridad que permite abrir la puerta de los sueños
y, por sobre todo, un testimonio vivo acerca de la vida y obra de Celia Caridad Cruz Alfonso, cubana legendaria, sacerdotisa
de nuestra noche interminable, de esa misma noche donde, como en un decorado de teatro, ponemos otra vez las palmeras, el
tumbo del mar, el amor y un vaso de ron, para que siga la fiesta. Gracias.
*Escritor colombiano
(Presentación de "!Azúcar!",
la biografía de Celia Cruz, escrita por Eduardo Marceles Daconte, en la Librería Barnes &Noble de Manhattan,
NY).