VII
El son es lo más sublime
"El
son es lo más sublime/ para el alma divertir/ se debiera de morir/ quien por bueno no lo estime...", dice la primera
estrofa del son del "Suavecito", interpretado por el Septeto Nacional Cubano. En el documental
que narra la vida de Ignacio Piñeiro, uno de los pioneros del Septeto Nacional Cubano, el Icaic, la
entidad rectora de la cinematografía en Cuba, eligió una fotografía de Piñeiro niño, con
camisa de cintillo al cuello y medias largas ajustadas a la rodilla. La imagen primera de uno de los mayores cultores del
Son.
Era todavía un infante cuando iba por las calles prodigando
cantos en las ventanas, con una guitarra que parecía, en tamaño, más grandes que él. Ahí,
desde esas rondas primeras, empezó a pulir el verso que encabeza esta crónica. El Son Oriental, o el Son Tradicional,
conocido también como "Son del Tiempo España" tuvo en la guitarra y en las claves sus mayores aliados,
y también en los soldados que lo llevaron, desde Santiago de Cuba, desde oriente, a las provincias del interior.
Las notas del Son estuvieron presentes en la contienda que libró Cuba
contra los españoles, en otra de las guerras por su liberación. El ejército cubano era reconocido como
"Mambí"; los Mambises eran soldados diestros en el galope y entrenados, en las sierras Maestra y del Escambray,
en la lucha cuerpo a cuerpo. La diferencia de colores en los uniformes de cada bando, verde y rojo, dio lugar a la composición
en la que se hablaba de "camarones" (los rojos) y mamoncillos (los que llevaban traje verde): ¿"Camarones
dónde están los mamoncillos/ mamoncillos dónde están los camarones?"
Le correspondió a Piñeiro, en sus años mozos, una Cuba de nacientes cabarets,
cantos de tríos por las plazas -deleite de turistas- y modistillas "bembeteando" (haciendo chismes) en los
solares. Después de pertenecer al Septeto Occidental, como contrabajista, ingresó al Septeto Nacional Cubano,
grupo en el que permaneció hasta su muerte. Conocía como ninguno los ancestros montunos del Son, el legado de
Oriente que confirmaba, dentro de una lenta sensualidad musical, la consonancia de las claves, el bongó, el tres, la
guitarra, el contrabajo, las maracas, la quijada de burro y la botijuela.
Grupos
de mozos iletrados sacaban sonido melodioso a tales instrumentos, hasta que amanecía en las playas. La música
era interpretada "de oído". Lo imporante, lo mejor, era tocar y bailar el Son. Si el conjunto agregaba una
trompeta, se hablaba entonces de Septeto. Esa misma trompeta tarareaba, asordinada, al fondo de las melodías, como
desperezándose, hasta desembocar en el compás de voces e instrumentos marcados por las claves:
"Si tu me quieres dejar
yo no quiero sufrir
contigo me voy mi santa
aunque
me cueste morir..."
Va diciendo el Bolero Son "Lágrimas
Negras", de Miguel Matamoros.
Bien; Piñeiro perteneció
a esa estirpe de músicos que no descifran totalmente los signos del pentagrama, pero saben poner los dedos en el punto
exacto de la guitarra o en el rezongo monocorde de un contrabajo. Su salida del Septeto Occidental obedeció
principalmente al gran negocio que ya por entonces habían montado los rpresentados de la disquera Columbia en Cuba,
rival de la RCA Victor.
Para crear competencia, se creó el Septeto Nacional
Cubano; el fin, dice la historia, era "robarse el show", acaparando la simpatía que tenía el son en
toda la isla en el primer lustro de los años 30. El estro de Piñeiro se dió a conocer no sólo
con "Suavecito", melodía de la cual el salsero venezolano Oscar De Leon hizo un estupendo arreglo, sino con
canciones tales como "Esas no son cubanas" y "Como perlas preciosas".
La poesía del son
Como
anotábamos en los capítulos preliminares de esta historia, le correspondió al poeta camagüeyano
Nicolás Guillén, alzar la bandera de la afrocubanidad, a través de la poesía.
El auge del Son, identificable con la minoría negra y mulata de Cuba, le permitió escribir poemas notables en
los que el ritmo no sólo llevaba la elación del verso, sino que cumplía un papel político y social,
pretendido por el artista: la denuncia, el hambre de los solares, las maracas humildes que tocaban para los turistas. En "Sones
para soldados y cantos para turistas", el poeta sugirió a militares y civiles una responsabilidad política
delante de la realidad popular: "No se por qué pienas tú/ soldado que te odio yo/ si somos la misma cosa/
yo y tú/ tú y yo..."
En "West Indies Ltd", otro
de sus libros, recorrió el espacio histórico de las antillas; recogió aconteceres haitianos, dominicanos,
puertorriqueños y cubanos; todas las frutas, los vicios, la sal de las manías sociales, la representación
del sainete caribeño a través de los fiestones de droga y amaneceres de bolero, donde siempre hay alguien que
ordena: "Coffe and cream".
El Son, como la Plena puertorriqueña,
se nutrió también de sucesos y anécdotas tragicómicas, en ese ir y venir del rumor, conocido como
"Radio Bemba". De pronto un músico, al pasar por una calle, veía a un gato saliendo de una zanja,
o a un pelotero buscando bronca en una bodega y, ello, ya era motivo de Son; las buenas o malas noticias convergían
en las guitarras, con la eficacia del periódico de barrio, inundando las esquinas y también las emisoras. Los
estragos de un ciclón, la pérdida de la novena de béisbol, el paso de una señora que venía
del mercado trayendo flores en su java (talega o bolsa) o, como en el caso del Trío Matamoros, el vuelo de Charles
Limbergh a través del Atlántico, daban para hacer canción.
Fue precísamente en ese ambiente de festivales y campeonatos de trovadores en las emisoras, donde surgió el
tono auténtico del Son interpretado por el Trío Matamoros: Ciro, Cueto
y Miguel, lo integraban. Miguel, el fundador, había sido chófer bien pagado de un
habanero rico, pero un buen día decidió abandonar este trabajo, para dedicarse a la música. Uno de sus
sones más comentados, en los 30, fue "El Paralítico", el cual estaba dedicado a un famoso médico
ortopedista cubano, quien, decían las gentes, acostumbraba a realizar la operación del trigémino, para
recuperar el buen paso a sus pacientes. Este profesional, de apellido Azuero aparece mentado en dicha canción: "Bota
la muleta y el bastón/ y podrás bailar el Son....", repite el coro.