Casi nadie, al menos entre nosotros, lo pone en duda: el son es lo más
sublime para el alma divertir. Basta con que lo haya dicho Ignacio Piñeiro en las primeras décadas
del siglo pasado para que la frase, deslizada en medio de la repetición de un estribillo polisémico ("suavecito,
suavecito, suavecito e' como me gusta a mí"), adquiriera la connotación de un dogma filosófico.
Este no es, por cierto, el único. Como sucede con toda expresión sólida y orgánicamente
enraizada en el imaginario de los pueblos, el son cubano, en tanto emblema de la creación musical cubana ramificado
y enriquecido a escala internacional, ha generado una curiosa mitología que se encubre en la ciencia constituida de
la tradición.
Así se dice y repite que nació en Oriente, lo cual, en sentido general, es cierto,
aunque sea imposible determinar una partida de nacimiento. Las cosas se complican cuando dentro de ese vasto oriente cubano
las trincheras regionalistas arriman a su brasa el punto de partida. Entonces comienzan a proliferar las "cunas"
del son entre Santiago, Guantánamo, Manzanillo y otros focos de la geografía.
Y vienen entonces los hitos
y ay de quien los ponga en solfa: que si el primer son fue "La Ma' Teodora", que si en 1892 comienza a hacerse popular
en Santiago, que si viajó en 1909 a La Habana con un tresero que pertenecía al desmovilizado Ejército
Libertador, que si el Sexteto Habanero fue mejor que el Oriental, que si José Urfé fue el que
llevó el son al danzón, que si esto y lo otro.
Menuda controversia se genera a la hora de situar figuras
en el panteón sonero, algo tan conflictivo y bizantino como determinar quién fue el mejor lanzador de béisbol
de todos los tiempos o el boxeador más rutilante de todas las épocas.
Ni qué decir de esas otras
aseveraciones de presunto fundamento científico, que van desde fijar como apotegma que sin clave no hay son hasta apostrofar
a quienes contaminan el son con el fenómeno salsero.
¿No es mucho más razonable (y saludable) tomar
al son como lo que es: un arduo y complejo proceso de evolución, de múltiples, variadas y a veces contradictorias
interacciones? ¿No es más ajustado a la realidad considerarlo como un río con diversas fuentes y numerosos
afluentes que desembocan en el delta de una identidad que se comunica con otras aguas, es decir, otros mundos? ¿No
es mucho más prudente examinar la complejidad dialéctica de su evolución que dictaminar cláusulas
y fijar márgenes estrictas?
Hacia eso, felizmente, estamos yendo. Siempre hará falta la aproximación
sentimental, la colecta testimonial, el registro fáctico y la prospección historiográfica, pero como
nunca antes se impone el estudio integral, de fondo, analítico y sereno, que despoje al son de una sacralización
inválida e innecesaria.
No se trata de discutir, ni mucho menos negar, su ascendencia y descendencia en nuestra
cultura, mas es hora de acercarnos a la esencia y sus fenómenos derivados de un modo diferente. El doctor Danilo Orozco,
por ejemplo, nos ha demostrado que el son es mucho más que un género o un complejo musical, en tanto categoría
que expresa un desplazamiento de la identidad musical cubana.
Admitido esto, volvamos al principio sin sonrojarnos para
decir, a nuestra manera, que el son es lo más sublime (nuestro) para (nuestra) alma divertir. ¡Sí señor,
cómo no!